Las grandes ligas de fútbol estan de moda. Pases de jugadores de un equipo a otro en cifras millonarias, Los fanáticos comprando las camisetes de sus ídolos como objetos de culto. Modas impuestas por estos hombres exitosos con el mundo a sus pies. Pero en paises como Uruguay, detras de un jugados que logra ese traspaso al fútbol grande quedan muchos más derrotados y sin pena ni gloria. Y con la frustración de no haber “salvado” a su familia. Historias que nunca llegaran a los grandes titulares del mundo.

Un domingo cualquiera en una cancha de “babyfútbol” en Montevideo. Se enfrentan dos equipos integrados por niños en lo que debería ser una actividad para su divertimento y esparcimiento. Las edades de estos “jugadores” es de lo más diversa. Hay equipos con niños desde los 4 años hasta los 12. Todos en su correspondiente categoría. Hasta aquí, un cuento de hadas. Pero entonces, al comenzar el encuentro, el verdadero espectáculo da inicio. Y no es precisamente dentro del campo de juego, sino fuera. Mientras los pequeños jugadores corren detrás de una pelota que parece gigante para alguno de ellos, sus padres dan rienda suelta a todo su fanatismo y expectativa depositadas en ese futuro “crack”. Desde los insultos al árbitro, a los rivales, y en ocasiones a sus propios hijos, todo es parte de una triste realidad que golpea la vista. Padres que comienzan a ver en sus hijos la tabla de salvación para sus vidas.
Llegar a ser profesional y tener ese pase o contrato que ayudará a la familia a tener una buena vida. Tristemente, al ser adolescentes, muchos son obligados a elegir dejar los estudios para dedicarse por completo al intento de triunfar en el fútbol. Y si vemos la cantidad mínima que llega a jugar en primera división, ni hablar de conseguir esa transferencia salvadora, lo preocupante es lo que pasa con la enorme mayoría que quedan a mitad de camino. Quienes logran jugar en clubes que demoran en pagar magros sueldos, en una actividad que no se extiende más allá de los 35 o 36 años. Que ocurre luego? El olvido. La derrota. Quizás el orgullo de pertenecer a esa raza llamada jugador de fútbol. El recuerdo de algún partido memorable. Y nada más.